Compra de uno o mas sillp’anchos en el Palacio del Sillpancho, por un Arruinado

Caminando por la acera de la calle Mayor Rocha, cruzas la vía para motorizados, y te das cuenta con un cartel sobrecargado, que has llegado al palacio del sillp’ancho.

Las luces de foco fluorescente, y la gente de adentro, te hacen sentir que entras a un Restaurant meramente pueblerino, como esos que uno encuentra mientras viaja  y para a comer en un villorrio a la rivera del camino.

Así, la puerta de madera, con una amplia vista por el vidrio que lo atraviesa, uno la empuja, cual bar del far west, por las puertas de vaivén.

Un mostrador con una mesada de granito café atendido por una mujer poco o nulamente agraciada o bien mal agradable al ojo cual si fuera macaco probóscide citadino, se vislumbra detrás de seis mesas que por mi extraña y exagerada sensibilidad considero apiladas, cada una mas chica que la otra sin embargo progresivamente mas populadas .

Lo primero que uno siente al entrar, es el choque de un ambiente viciado, de un airecito respirado como tres o cuatro veces por la misma persona, manando una extraña tufancina que mezclada con el olor corporal de sus habitantes genera una experiencia única y digna de evitar. Se huele la comida, la coca cola, el sillpancho tanto de pollo como de res, en su más criolla expresión y como atrayendo a toda clientela de toda edad, color, olor, (y presumo también) sabor, e índole, que se siente presionada, o bien dominada por una voracidad –imagino – infinita. Lugar donde todos pelean por obtener su ración primero. Entre olores a cabeza, y a mal bañado, uno tiene que hacer su pedido, evitando en lo posible darle, por regla, importancia al olfato.

Cuando uno llega a formar la casi infinita fila, (de unas cinco o seis personas) cae en cuenta que hay gente  que como dije antes que no nota tu presencia y se dispone a recibir su porción, casi empujones.

Lo auditivo no es algo de lo que el local no se pueda jactar. Música folclórica sudamericana tocada por alguien que quiere ganarse su vaso de cerveza al final de la velada, es bastante mal afinada, tanto como una guitarra desportillada por el descuido o la ausencia absoluta de cuidado que le dan. A veces pienso que la guitarra se parece a su dueño faltado al respeto por unos parlantes ordinarios manando música de mal gusto que solo acompañan a la hiel sonora del momento. Entre las charlas banales se escuchan diversos timbres de voz, muchas parecidas a las que uno encuentra en un mercado, en un bus de transporte público o en el colegio. Niñas malcriadas por madres solteras y abuelas en la chochera; varias mujeres de diversas edades y procedencias y con rasgos en su mayoría masculinos con disimilitudes mínimas entre ellas, se abren paso entre las voces; cada una más irritante que la anterior asemejándose a las bocinas de un embotellamiento. Por otra parte, maridos gordos y con lentes, frustrados, y con un aire de petulancia haciendo máscara a una mala paternidad, a una vida infeliz y a la frustración de su trabajo, ríen como si no hubiera un mañana. Enamorados con malos gustos, y chicas ligeramente agraciadas -tal vez hasta menos feas que la que atiende- se besan sin pudor. Y hay otros secundarios simplemente siendo y por consecuencia, apestando.

A veces urge escupir.

Cuando por fin tocas el grasiento mesón, para ser atendido de mala gana por dicho primate, uno se siente realizado, sin embargo es costoso y casi imposible realizarlo sin reírte de la falta de estética de la empleada del mediocre local.  Como patada en la ingle llega la noticia de aguardar media hora al pedido. Que por supuesto, no era lo que se esperaba. Repitiendo. Como buen arruinado y asqueado del lugar, con la orden hecha, y después de intercambiar billetes que en su mala recepción y uso parecen trapos, y monedas que se asemejan a níqueles acuñados y nada más que eso, sales airoso del lugar con el pecho henchido, y con las manos meneando. A esperar infinitamente a que el minutero gire media vuelta.

Afortunado de ti, que has traído un amigo, tienes con quien charlar.

Si no lo hiciste, tienes que armarte los Kinotos para entrar a recoger el pedido. Mal no te va a ir, el resultado apenas ha valido la pena, pero no tienes de otra. Exigencias biológicas, en su mayoría ajenas.

De vuelta a sumirte en lo ya descrito, ahora, el tiempo ha perdido jurisdicción, independiente y bloqueado de varios sentidos, el mapa texturizado de todo se encuentra bajo una fina capa de grasa, y las mesas en especifico, mal limpiadas, con olor a vinagre y arroz resbaloso, a carne y papa mal cocidas como en aceite vuelto a usar, no una sino todas las noches de la semana, para más de cien ordenes diarias –o quién sabe cuántas – , están pegajosas, que para el placer de un buen masoquista, una lamida a ella bastará para sanarle.  Las sillas cojas, los focos opacados victimas de polillas kamikaze, reflejando en su opacidad las frentes relucientes, que rendunda en la reflexion de dicho foco, brillan, todos orquestando una tormenta de sensaciones, que al tacto, sería como palpar un batracio con la lengua. Hablando de gusto y cerrando la guía se puede concluir sin catar nada, que todo sabe a lo mismo, grasa, grasa y grasa; con todas las variables posibles, entre ellas, sentadera de silla, vaso mal lavado, y teléfono público el cual lucra como tragamonedas  entre otros  – para hacer hincapié en su variedad- . Sin embargo cuando das el primer bocado al llegar a casa, a tu sill’pancho de pollo, (que por supuesto no era de res porque no quedaba ninguno, que anteriormente era lo inesperado), el sabor no es el de la frente que refleja el foco ni de la mesa grasienta, ni de la empleada antropomórfica, o la guitarra del músico, y menos aun de la suela del zapato de la niña malcriada.

Inconscientemente quieres volver.

Published in: on febrero 10, 2010 at 11:47 pm  Comments (1)  
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