El Prado

Se encontraba en un prado. Un verde y vasto prado que se extendía frente suyo, kilómetros y kilómetros de pasto. Algunas colinas, con bosquecillos dispersos adornaban el paraje. El sol estaba puesto exactamente sobre él. Entonces, Martín vagó, tranquilo a través del prado. No recordaba cómo había llegado ahí y estaba algo desconcertado, pero la sensación que le transmitía aquel lugar, era sin duda muy placentera. No habían indicios de vida animal. Estaba él, sólo ante una extensa pradera de hierba y árboles. Podía ver un riachuelo a la distancia y decidió ir a tomar un poco de agua. Caminó entonces, contento, recorriendo ese bello páramo. Parecía una de esas películas donde el tiempo perdía jurisdicción y los personajes se adentraban más y más en un mundo hermoso, y aunque realmente en ese lugar el tiempo era un concepto bastante olvidado, por no decir inexistente, Martín no lo había notado. Pudieron haber pasado años, siglos incluso, sin que él lo notase. Era un chico de unos 19 años, alto y buen mozo. Llegó al riachuelo, tomó algo de agua y se sintió refrescado. El agua cristalina fluía tranquila y pacíficamente y él no pudo evitar sentarse un rato. Se quitó los zapatos e introdujo los pies al agua. Era fría pero a él le gustaba así.

Entonces vio algo brillar dentro del agua. Curioso, se reincorporó y se metió al agua, en busca de aquel objeto que había llamado su atención. El agua era profunda, un detalle del que Martín no se había percatado. Metió la cabeza dentro de ella, para ver si podía encontrar el objeto que había visto hace unos momentos. Al no tener éxito, decidió sumergirse, a ver si así tendría más suerte. Una vez completamente dentro del agua, se vio directamente en el fondo del riachuelo. Tanteó un poco con las manos, estaba oscuro. De pronto, sintió como si unas manos lo tomaran del cuello y lo estrangularan. De pronto, como si lo hubieran tele transportado de la manera más dolorosa posible, se encontró en una sala blanca, con muchas máquinas. Muchas emitían sonidos extraños, constantes. Vio a su alrededor y ahí se encontraba su madre, o eso parecía. Había envejecido mucho. Ella parecía dormida, sentada en una silla de poca o nula comodidad. Trató de ponerse de pie, pero apenas podría sostener su cabeza. Ni hablar de sus extremidades. No entendía qué era lo que estaba pasando, pero pudo ver su reflejo en un espejo que reposaba al lado de un armario blanco. Había dejado de ser aquel joven que no pasaba los veinte…. Él también había envejecido. Su pelo había crecido, estaba lleno de canas. Tenía barba y una venda le cubría la frente. Entonces, quiso volver al prado. Quiso volver a ver aquel riachuelo, aquellos árboles. Deseó volver a oler todas las fragancias que invadían su sistema olfativo y se convertían en una amalgama de olores, como si estuviera en el Cielo. Recordó entonces un choque, recordó que salió disparado del parabrisas y recordó cómo quedó estampado de espaldas en una pared de ladrillos. Quiso volver a su sueño, su fantasía. Quiso volver a la fantasía que se había vuelto su realidad durante todo ese tiempo.

El coma había durado 27 años.

Published in: on septiembre 8, 2011 at 3:28 am  Dejar un comentario  
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